jueves, 31 de enero de 2013

MI RESUMEN DEL 2012

Si ya es difícil plasmar en unas cuantas líneas todo lo acaecido en un año, mucho más lo es en una lista. Quizá por ello no me gusten nada. Me parecen añejas, feas, insensibles e innecesarias en los tiempos que corren, y no deja de suscitarme auténtico estupor el hecho de que alguien sea capaz de hacer un repaso mental tan exhaustivo, o acaso lleve preparándose todo el año para tan señalado día. Si la memoria me falla lo suficiente como para hacer impensable lo primero, pienso que el acto premeditado que supone lo segundo nubla por completo uno de los principales parámetros que deberían emplearse a la hora de valorar un disco, que es el poso que este ha dejado en nosotros. Claro que el poso es algo pausado, reñido del todo con el ritmo frenético de Internet. Pero seamos serios: es absolutamente imposible que en un año nos hayan marcado 50 discos. Y si lo han hecho -hay quien es muy impresionable-, ¿acaso hay alguna diferencia entre el puesto 19 y el 32? La gente como yo, que lo descubre todo tarde, no puede hacer listas. Tendría que rehacerlas continuamente. Por no hablar de los discos que se mueven en la barrera que separa el año en curso del siguiente, o aquellos que copan los puestos altos incluso antes de haber sido publicados. El disparate llega ya cuando encima y pese a toda la sobreinformación a la que estamos sometidos, van y éstas son ABSOLUTAMENTE IGUALES. Bostezo y poco más se merecen, así en general.

Desde el punto de vista musical, y si de descubrir cosas se refiere, veo mucho más útil echar la vista atrás y preguntarse qué discos hemos escuchado más, qué escenas nos han cautivado, qué lugares hemos frecuentado con mayor asiduidad, cuáles directos nos han sorprendido. Las listas tienden a aislar y por tanto sepultar el contexto, haciendo en realidad flaco favor a la música, que ya de por sí se consume de una manera demasiado voraz. ¿Para quién están hechas? La listas deberían ofender tanto al que crea como al que promociona, y al melómano no le aportan nada. Las listas de fin de año, tal y como están ahora mismo concebidas, deberían desaparecer.

Comenzando como no podía ser de otro modo con aquello que atañe a mi propia actividad, está claro que uno de los motivos de más orgullo es haber asistido este año pasado a un inumerable numero de conciertos, pero entre ellos me quedo con el concierto de WE ARE STANDARD en Valencia, creo que los habré visto unas  cuatro o cinco veces en concierto y se que tiendo a ser pesado con este grupo, pero lo que siento cada vez que veo a Deu Txakartegui hacer su tremendo baile de cintura, y dejandose el alma como si no hubiera mañana es una sensación indrescriptible, es como si conectase con su musica en un nivel que nunca alcanzaré a entender...

En esta línea, es bonito observar los lazos casuales que se crean en directo entre grupos de sobra conocidos, como We Are Standard, con otros más noveles, como Polock. Como también lo es el entusiasmo con que gente que ha sido un referente en la independencia Española están acogiendo las proposiciones de los que llevamos menos tiempo en esto. Me refiero al entorno Reina Republicana, Dolores, etc.

Reina Republicana

Dolores
 Creo que este año no ha habido ningún disco que me haya obsesionado, pero el nivel medio ha sido muy elevado y a cambio he podido disfrutar de grandes directos, hasta el punto que se puede decir en voz alta y sin temor que los grupos españoles han derribado ya por fin del todo el tópico de que suenan mal. Sí, como espectador he podido disfrutar un más que bullicioso estado de salud de la independencia en Española. Al buen hacer de sellos ya casi veteranos como Gramaciones, Grabofónicas o Origami Records, ejemplos de colectividad, se ha sumado la estruendosa y feliz irrupción de los ya omnipresentes Sonido Muchacho. Y de su fino olfato han venido algunas de las novedades más sorprendentes en este pasado 2012, desde Diego García a Tucán, pasando por Juventud Juché o Terrier. Sin duda, uno de los sellos que más alegrías nos depararán en este 2013, al menos yo espero con inusitada expectación cada uno de sus próximos e imprevisibles lanzamientos. Relevante es al hilo de esta colectividad mencionada el surgimiento de Nueva Monarquía, sello basado en la financiación por crowdfunding, sino de los nuevos tiempos, veremos si modelo válido e imperecedero también.

Mucho sello pequeño, diréis. Sinceramente, poco me interesan las propuestas de los “grandes”, salvo contadas excepciones. Sus apuestas son tan conservadoras que tan sólo Limbo Starr me suscita cierto interés periódico. Así, Ornamento y Delito, Franc3s o Cuchillo han sacado muy buenos discos a su abrigo. Plausible es también el paso dado por Acuarela para engancharse de nuevo a la actualidad abanderando un proyecto tan joven como El Faro o que Jabalina mime cada lanzamiento de ese grupazo que es Klaus & Kinski. Pero no oculto que mis miras cada día se vuelcan más hacia lo minoritario, con el universo Atomizador, Extinción de los Insectos, Prisma en Llamas, Grosgoroth. Con el do-it-yourself heroico en estos tiempos de crisis, con Madrid Radical retomando la senda iniciada por Aplasta, con Palo Alto. Y, sobre todo, con la resistencia de los sellos unipersonales enarbolados por los románticos empedernidos, siendo Manu Bang! (Autoplacer Sindicalistas, Discos Walden y su Club del Single), Hoffa (Discos Calabaza) e Ignacio (Cerillas Garibaldi, Madrid Popfest) mi troika favorita. Y La Faena II mi nuevo lugar de evasión. A decir verdad, uno tan sólo echa en falta un festival en condiciones en España.
Alguno dirá que encuentra demasiados nombres de grupos que he programado. Obvio. Si no los encontrára interesantes no lo haría. Y algún otro que hay muchos amigos citados. Lógico también. Cuando uno se pone a hacer balance es normal que tire de lo que tiene más a mano. Al fin y al cabo es lo que hace la Rockdelux sin rubor alguno y muchos aún se rasgan las vestiduras por ello. Pero cambiemos de coordenadas, que no todo sucede -afortunadamente- en Madrid o Barcelona.


Por último, y desde la distancia, me gustaría señalar la percepción de hervidero de buenos grupos Suecos, que de ahí viene la recomendación de este post, creo que los llevaré escuchando dos o tres días, y tal vez me estoy lanzando a la piscina, pero a mi me están encantando.



 La información es poca. Sólo se que son “tres artistas de Suecia y uno (¿o una?) de Australia”, que solían escribir canciones para otros artistas y que, por fin, se han decidido a lanzar su propio material, No se si habrá disco, ni se si conoceremos la identidad de quiénes están detrás de este proyecto, pero, por lo mismo –todo este misterio, muy a la usanza de estas épocas– me hace querer tener en la mira a Kate Boy.

lunes, 5 de noviembre de 2012

EL PUNTO G


 

Es probable que el fenómeno de Hombres G en el panorama de la música pop-rock nacional no haya sido aún suficientemente estudiado. No seré yo quien, desde este espacio dedicado a las relaciones e la música, se atreva a explicar los motivos del carisma y la vigencia de David Summers, Javier Molina, Daniel Mezquita y Rafa Gutiérrez, ni de las pasiones que han arrastrado a millones de fans a lo largo de España y Latinoamérica y que han mantenido su legado durante treinta años, incluyendo diez de ausencia discográfica y en directo.
Pero sí me detendré en su debut cinematográfico, “Sufre Mamón” (Manuel Summers, 1987), insólita pieza de cine musical que se arrima y esquiva, una y otra vez, a todos los tópicos y tendencias del género haciendo bandera de la amistad, el compromiso, la monotonía y la estrechez de miras como claves para el éxito. “Somos muy normalitos, todo empezó como una cosa de amigos” y frases similares (a recitar con voz arrastrada y cierta chulería castiza) se repiten una y otra vez a lo largo del metraje.

Es evidente que una película como “Sufre Mamón” sólo puede disfrutarse desde una óptica naif, nostálgica o trash. Surgida en plena efervescencia de la fama de la banda, cuando sus dos primeros álbumes superaban el millón de copias vendidas, dirigida por el padre del líder del grupo y realizador poco sospechoso de incorrección política (algún día habrá que analizar con detenimiento su personal cine de la pubertad pre-liberación sexual) y con no menos de cuatro Summers más repartidos entre el guión y el reparto, debería haber sido una triunfal hagiografía, una celebración eucarística repleta de canciones que se rindiera al talento y al gancho musical de sus cuatro protagonistas. O, siendo aún más ambiciosos, un delirio pop a mayor gloria de la banda que emparentara el film con los experimentos visuales de Richard Lester con los Beatles o, sin ir más lejos, de las películas de Los Bravos.

Nada más lejos de la realidad. Amén de ofrecer el lógico puñado de canciones que harían las delicias de los fans y que convertían algunas de sus proyecciones en auténticos happenings de cánticos colectivos (según narran los afortunados testigos de la época), la película carece de dinamismo, de excitación hormonal, de delirio silvestre o de punch visual. Como mucho, contiene ciertos toques de comedia gamberra adolescente, como el sensacional comienzo en el que David y Javi torturan a los curas del Menesianos o de curiosidades como los comienzos protopunks del grupo, a la sombra de Los Nikis. Sorprende ver a los Hombres G (por entonces, Los Residuos) con camisetas de The Clash o Dead Kennedys mientras arañan guitarrazos a “La cagaste Burt Lancaster”. Asimismo, Summers (padre) jamás hace ver que el grupo posea algún tipo de habilidad musical, a pesar de que cada actuación deja ver el indudable olfato de Hombres G para crear melodías directas y pegadizas, adobarlas con desvergonzadas referencias pop y rematarlas con unos estribillos irresistibles.
Sin embargo, el verdadero punto G de la película reside en un detalle que le hace alejarse de su propia insignificancia y asomarse con cautela a la vanguardia.

Ya de por sí, no es demasiado habitual asistir a biopics en que los propios artistas se interpreten a sí mismos (y no me refiero a una ópera rock, al rodaje de un concierto o a un documental, sino a un film de ficción que narra la forja y la ascensión de la leyenda de los biografiados). Pero además, “Sufre Mamón” apuesta por plasmar en pantalla los fantasmas liberados de la canción que le otorga su nombre (cuyo título real, “Devuélveme a mi chica”, siempre fue eclipsado) adaptando el argumento de su letra e introduciéndonos sin aviso, sin pistas y sin rupturas de puesta en escena o de guión, en la cabeza de David Summers, en sus ensoñaciones, en la pequeña ocurrencia que se transforma en soplo de inspiración y logra hacerse inmortal. Incluso llega al extremo de regalarnos, en la que resulta ser la mejor escena de la película, un plano cerrado de David durante el mágico momento en que escribe las líneas que todos sabemos recitar de memoria: “Estoy llorando en mi habitación / todo se nubla a mi alrededor / ella se fue con un niño pijo / en un Ford Fiesta blanco / y un jersey amarillo”.

Y ese instante de creación artística surge de la improbable imagen de Ricky Lacoste, líder del ficticio grupo Fiebre Amarilla y villano de trazo grueso sublimado por las musas de David, némesis del grupo e ideal de lo que Hombres G querían y estaban a punto de obtener: el éxito musical, la admiración por su sensibilidad en el escenario y por su adorable toque macarra fuera de él y, lo más importante, un harén (o ganado, según se indica en la cinta) de chicas-cocodrilo a sus pies.
Por supuesto, no falta el esperadísimo momento en que el grupo ataca con polvos pica-pica a Ricky y quema su jersey con un petardo, rematado con un combate de boxeo en el que David triunfa y logra eliminar al fantasma que le impedía realizar sus sueños y amenazaba con llevarse a su novia “zorra y pedorra”. Un papel que fue interpretado por Marta Madruga, compañera sentimental de toda la vida y a la sazón esposa de David, sin ninguna experiencia previa (ni posterior) en el cine, sugiriendo así malévolas implicaciones sobre el demonio de los celos surgidos del subconsciente.

Y así, de inesperada y tal vez inconsciente manera, Summers narra el proceso de creación artística de un tema fundamental en la historia de la música española, estableciendo además renovados vasos comunicantes en la relación entre música y cine, entre una canción y una película, entre realidad y ficción.




La recomendación de este post es Dan Snaith, de Caribou, tiene un proyecto paralelo de electrónica. Se llama Daphni y está a punto de debutar con un disco titulado Jiaolong. Está disponible para escuchar al completo en streaming

 

lunes, 3 de septiembre de 2012

La Pulsión

Las vacaciones terminaron y la inexorable vuelta al trabajo también, después de un par de semanas de desconexión haciendo todo aquello que durante el año no sueles hacer y cuando le empiezas a coger el ritmo a las vacaciones zasca!... llega la maravillosa vuelta a la vida real... Durante el verano haces mil planes y aprovechas para salir más, hacer nuevas amistades internacionales para practicar tu inglés playero, hacer BBQ en la playa mientras disfrutas de la buena compañía mientras ves las lágrimas de San Lorenzo, etc...
En una de esas maravillosas noches mientras sonaba una vieja canción de Bon Iver y me hizo hacerme una pequeña reflexión.

¿Habéis pensado alguna vez las cosas que se ponen en juego cuando escuchamos música y cuando la creamos?

Si revisamos los textos escritos sobre música y psicoanálisis, no encontramos mucho, pero podemos adaptar conceptos que nos permiten una lectura distinta del proceso creativo.

En primer lugar, la música es la experiencia de lo inefable. Está claro que los sonidos que componen la música están articulados, combinados por el artista de acuerdo a una lógica y a una estética. Es decir que esta inefabilidad se manifiesta por sonidos encadenados en secuencias, tiempos, ritmos, silencios, etc.

Dice Freud en su “Presentación Autobiográfica” (1925): “El artista, como el neurótico, se había retirado de la insatisfactoria realidad al ámbito de la fantasía, pero, a diferencia de aquel, se las ingeniaba para hallar el camino de regreso y volver a hacer pie sólidamente en la realidad. Sus creaciones, eran satisfacciones fantaseadas de deseos inconscientes (…) Pero, a diferencia de los sueños, asociales y narcisistas, estaban calculadas para provocar la participación de otros seres humanos, en quienes podían animar y satisfacer las mismas emociones inconscientes de deseo”. ¿Sabíais que Freud no se atrevió a analizar la música porque padecía de uno de los muchos tipos de amusias (deterioro o pérdida de la capacidad de reconocer o evocar elementos musicales) y como consecuencia, no sentía ninguna emoción con ella?

Desde Freud sabemos que todos los seres humanos tenemos pulsiones, que son procesos que empujan al organismo hacia una meta. La pulsión tiene una fuente de excitación corporal (estado de tensión) que todas las personas necesitamos descargar a través de algún medio. Aunque existen varios tipos de pulsiones, entre ellas encontramos la pulsión de muerte, dirigida en un primer momento hacia el interior tendiendo a la autodestrucción, y en un segundo momento hacia el exterior en forma de pulsión agresiva o destructiva y la pulsión de vida o Eros, dirigida a conservar la existencia.

La creación artística es uno de los medios de descarga de las pulsiones que todos los humanos utilizamos. A esto se le llama sublimación, es decir, un proceso mediante el cual canalizamos nuestras pulsiones sexuales hacia fines no sexuales, es decir, hacia objetos socialmente valorados, como la música, la pintura, la escritura… Así, una persona con una pulsión sexual más voyeurista, podría sublimar siendo, por ejemplo, fotógrafo.

En la creación musical, el artista está desvelando todo su mundo interno, y su inconsciente sale a la luz con mucha menos represión que en nuestro día a día. En grupos musicales esto es aún más complejo ya que se ponen en marcha no un inconsciente sino dos, tres, cuatro… dependiendo de los integrantes que formen el grupo, por lo tanto se crea un inconsciente grupal compartido. ¿Pero qué pasa cuando ese inconsciente grupal se exhibe a la luz de los focos de un escenario? ¿Y si además ese inconsciente grupal es aclamado por un público? Que todos los inconscientes de cada uno de nosotros empiezan a compartir puntos comunes, como si de una tela de araña se tratara, creando una experiencia grupal e individual difícil de explicar con palabras, donde pareciera que el que está escuchando se siente también escuchado, reconocido en las emociones que el grupo transmite, aunque no siempre significa lo mismo para unos que para otros, ya que los inconscientes son muy suyos y muy nuestros.

Así en los conciertos, se puede ver gente cantando, intentando seguir la canción, interpretándola con gestos… La repuesta emocional es inmediata. La euforia, la melancolía, la ira o la calma que transmite la canción se convertirá también en “mi” euforia, “mi” melancolía, “mi” ira o “mi” tranquilidad, aunque realmente no hay fusión real con el otro, la melodía no es mía, ni soy el artista que la toca y esto puede generar sentimientos de muchos tipos, envidia, alegría, tranquilidad. La música nos sacude, nos acaricia, nos golpea, nos atraviesa… no hay ciencia que pueda explicar este hechizo que la música plantea, ni las heridas que nos deja.


La recomendción de este post es Ojay Morgan, este productor de Brooklyn que trabaja bajo el álter ego de Zebra Katz. En sus cortes construidos sobre un escueto ritmo y un lejano bajo consigue que la simpleza de este tema es directamente proporcional a su magnetismo, amplificado por un vídeo de gran plasticidad.



Para mí esto es lo mejor que he escuchado en mucho tiempo, Zebra katz hace gala de un rap idénticamente minimal, solo que aun más lento (y cuando digo lento es leeeeeeeentooooooo). Como poco, Zebra Katz se ha ganado engrosar la división principal de Mad Decent.







Post en memoria de Coral. D.E.P

jueves, 28 de junio de 2012

Una Muerte Anunciada

Más allá de géneros, escenas o bares, hay que reconocer que el rock, el pop y, en general, la música popular ajena a las radiofórmulas, es algo cada vez más reducido y elitista. No es nada nuevo, era una muerte anunciada.

¿Qué porcentaje del público de los conciertos es menor de treinta años? Vale, llamar viejos a la gente de treinta años está mal, pero lo sois. A los chavales no les importa una mierda lo que hacéis; puede que les guste la música, pero en vuestros conciertos no hay ni una tía de su edad y la paga no les da para pedirse una copa. Puede que esto suene reaccionario, pero lo cierto es que –al menos en Alicante que es del lugar del que puedo hablar– no ha habido el más mínimo recambio generacional. Lo más triste de todo es que la culpa de la situación no la tiene la música, ni los bares, ni siquiera los precios prohibitivos de las copas, la culpa es de la legislación que prohibió el consumo de alcohol a los menores de edad.
Cuando se fueron extendiendo por España las normativas que elevaban la edad mínima para el consumo de alcohol de dieciséis a dieciocho años –Asturias es la única Comunidad en la que todavía está permitido beber cerveza y vino -y sidra, claro- a partir de los dieciséis– los chavales empezaron a entrar más tarde en el circuito de bares y conciertos, los únicos lugares donde realmente se puede aprender música. Vale, en Internet se puede aprender de todo, cierto, pero si nadie te dice qué oír o qué buscar acabas escuchando cualquier cosa que te vendan y ni siquiera podrás contextualizarlo. En cualquier caso, el problema va más allá, y afecta principalmente a la música en vivo. Como los chavales no pueden ir a conciertos ni entrar en bares hasta que no tienen dieciocho años, se dedican a ponerse hasta las patas de whisky y vodka del LIDL –ahora también beben ginebra, que está de moda– en el parque de enfrente de cualquier discoteca infecta en la que pueden entrar con dieciséis años. Resultado: cuando son mayores de edad, y pueden ir a conciertos o bares, ya no les importa un carajo, porque no tienen ningún interés en lo que allí va a ocurrir y, además, no hay nadie de su edad con quien ligar.

Las normativas que prohiben el consumo de alcohol hasta los dieciocho no sólo han jodido al rock, también han creado un problema de salud pública. Desde que aparecieron, el consumo de alcohol en adolescentes no ha parado de subir y, además, son mucho más comunes los atracones. Los chavales antes empezaban a beber con la cerveza y el calimocho, que era lo que podían agarrar legalmente, y para lo único que les alcanzaba la paga. Además, podían entrar en bares, donde se ejercía algún tipo de control social. Ahora les da un coma etílico en el parque y santas pascuas. Está feo que yo diga esto, que he sido un fervoroso discípulo del botellón, pero los chavales no sólo tienen muy mal gusto musical, además no saben beber.

¿Hay alguna solución? No lo sé. Al menos en Alicante, el barrio del rock por excelencia, El Barrio, está muriendo a marchas forzadas. Los chavales con dieciocho años que tienen un mínimo interés por la música van a discotecas supuestamente indies, pero no se les ve el pelo en ningún concierto. Sí, hay conciertos para niños, pero los más pequeños no se enteran de nada. Lo importante es evangelizar a los adolescentes y eso es cada vez más difícil. O hacemos algo pronto o los conciertos de rock, pop, y todo lo que nos gusta, acabarán siendo como los conciertos de jazz, que tienen el mismo público con camisa y americana que hace cuarenta años.


  
La recomendación para este mes tan caluroso es la banda DIIV, banda anteriormente conocida como Dive. El debut de DIIV (Proyecto paralelo Beach Fossils) titulado Oshin se publicó el pasado junio, no están lejos de las coordenadas del pop que suele facturar habitualmente, pero se distinguen por añadir un componente de disonancia extraño, un tanto shoegazer, situándose a medio camino entre The Drums y Ariel Pink’s Haunted Graffiti.








domingo, 17 de junio de 2012

BlooM

Tengo una edad. Y lo digo sin autolamentarme. Nunca he entendido bien los que mienten sobre su edad. Si aparentas menos de los que marca tu DNI, decir tus verdaderos años sólo te conllevará halagos y miradas de admiración y/o envidia. Y si aparentas los que tienes, pues mejor decirlo que si no vas a quedar fatal… Tengo una edad, como ya digo, y los festivales, así en general, me estresan. Me provoca un cansancio infinito el simple hecho de ver esas listas eternas de bandas dispuestas a tocar en tres días. Superpuestas y apiñadas. Me causa un estrés insoportable tener que decidir constantemente entre una y otra cosa. Me cortocircuita asimilar más de un par de conciertos realmente intensos seguidos. Y todo esto, de acuerdo, tiene poco que ver con la edad. Mi limitada capacidad de elección y mis ritmos lentos (de digestión y de movimientos) han sido así desde casi siempre. Debo confesar que he ido a pocos festivales por gusto. Nunca he ido, por ejemplo, al FIB, igual que no he visto “Pretty Woman”, “Titanic” o “Forrest Gump”. Nunca fue una opción consciente, es más bien de esas cosas que no te pasan. Pero, amiguitos, hace un par de meses, descubrí un festival hecho a mi medida. El Electrónica en Abril de la Casa Encendida. Por unos cuantos motivos que me apresto a enumerar:

1. Proximidad al hogar: de acuerdo, es una razón bien circunstancial y absolutamente personal, pero es una cosa de mucho gusto subir un momento a casa porque tienes frío y necesitas una chaqueta.

2. Horarios de inicio y de final europeos: la cosa empieza a las ocho y acaba a eso de las once y pico. Y los horarios, oh sí, se cumplen a rajatabla. Nada de pausas eternas e infinitas en las que lo único que puedes hacer es amarrarte a la barra.

3. Número manejable de conciertos diarios: tres es una cifra ampliamente satisfactoria para un festival. Y añadiría más -aunque esto no sea mérito exclusivo de este festival-, conciertos de una duración perfecta: una hora escasa.

4. Nada de superposiciones: los conciertos se suceden uno tras otro, sin tener ni que correr de un escenario a otro, ni que ponerse en la espinosa e incómoda disyuntiva de tener que decidir entre el grupo que marcó tu adolescencia o aquel otro que quizá marcará tu senectud.

5. Mundo butaca: sí, queridos lectores, algunos de los conciertos eran SENTADOS, en un auditorio fetén, confortablemente ‘aculado’. Y no es cuestión de vagancia, es más bien que hay determinadas músicas que hay que escuchar sentadico. Por aquello de dejarse penetrar. Cuando uno está de pie, hay una parte de cerebro que está ocupada en mantener la verticalidad. Y esa parte del cerebro no se deja llevar plenamente por las sensaciones auditivas y/o visuales. Es como ver una película. El cuerpo en reposo permite que la cabeza se active y se abra a lo que le venga.

Motivos suficientes me parecen todos estos para que este festival se haya convertido en probablemente casi el único que, a partir de ahora, frecuente anualmente. Por no hablar de esa sensación gozosa de descubrimiento que tiene eventos ‘experimentales’ de este tipo. Lo de Roly Porter, Hype Williams y THEESatisfaction fue cosa fina…


Despues de su paso por España y siendo uno de los destacados en el Primavera Sound me gustaria recomendaros el cuarto disco de Beach House, “Bloom”, prorrogó los sonidos del álbum que les concedió popularidad internacional, el notable "Teen Dream", en un conjunto de neopsicodelia dream pop expuesto en tono nostálgico, calmo, íntimo.


En su cuarto disco aciertan en algunas melodías, como “Myth”, “Lazuli”, “Other People” o “Wild”, preciosistas momentos de electropop ensoñador con sutiles arreglos, pero reiteran demasiado sus texturas psicopop y sus motivos melosos de agridulce reflexión y evocación amorosa con piezas que terminan empalagando, incluso aburriendo, a pesar de no perder enfoque atmosférico.


lunes, 21 de mayo de 2012

La Reverberación

Hace dos o tres años pasé unas vacaciones en Huesca junto a unos amigos. Así aprovechamos a visitar a la familia de uno de ellos que es de Barbastro y estuve durmiendo en su casa durante mi visita. No hace falta decir que el nivel gastronómico por allá es realmente bueno, sobre todo para un amante desquiciado de los quesos como yo. Un día estuvimos en casa de una tía suya que nos invitó a almorzar. La comida fue estupenda y también abundante: a la noche nadie quiso cenar. Solo que yo no quise dejar pasar la oportunidad de llevarme algo a la boca. Y, claro, estando en Huesca y buscando algo informal, mi amigo puso a mi disposición, para que pudiera picar cuanto quisiera, chorizo y cabrales. Como no conozco la mesura comí hasta hartarme. Conclusión: Al poco me retorcía de un ardor de ardor de estómago sin precedentes, las medicinas del botiquín no hicieron ningún efecto y al final acabé provocándome el vómito para librarme de aquel mal en una desagradable escena pero tras la cual, entre sudores, respiré aliviado y feliz.
El reverb es uno de los efectos básicos de la música. Es la contracción en inglés de la palabra reverberación (vamos, reverberation), y por eso suele conservar, en un texto escrito, esa “b” que eliminamos al hablar. La reverberación es una característica del sonido en un espacio y se define por los rebotes de las ondas sonoras contra las superficies que hay alrededor. Hasta que se extingue, un sonido puede rebotar innumerables veces contra dichas superficies, y el conjunto dota a cada lugar de una personalidad sonora única.
Cada estudio de grabación tiene una reverberación especial, algo que es muy apreciado por los productores. También suele disponer de una sala “seca”, construida de tal forma que elimina en la medida de los posible cualquier rebote del sonido, en la que se suelen grabar voces para poder añadirles una reverberación artificial a través de un procesador de efectos. De estos hay innumerables clases y precios: algunos, usados en cine, cuestan miles de euros y son capaces de reproducir las características de cualquier lugar concreto que te puedas imaginar gracias a un software diseñado por un equipo de ingenieros que usan potentes ordenadores capaces de procesar todos los rebotes de una onda sonora de una frecuencia determinada y a una distancia concreta. A lo que hay que añadir que la onda principal transporta ondas secundarias de otras frecuencias (los armónicos). Sí, el sonido es uno de los fenómenos más complicados de estudiar de la física.
Muchos aficionados, aunque no hayan cogido una guitarra en su vida, saben lo que es el reverb, por lo que me podría haber ahorrado la explicación anterior. Es más, muchos músicos de pop no saben salir de las escalas mayores o menores, los acordes disminuidos les recuerdan a cuando a los quince años compraban revistas para aprender a tocar y piensan que más de tres acordes es jazz pero cuidan al milímetro la calidad del sonido que sale de sus amplificadores y se sienten con una seguridad increíble a la hora de pedir a un técnico, en un concierto o en una grabación, más reverb. Son famosos los casos de instrumentistas y productores que, para conseguir el reverb brutal que oímos en muchos discos, se van a túneles, naves industriales, iglesias abandonadas (muchas transformadas en estudio de grabación), etc. Todo para conseguir exactamente el sonido que quieren, un timbre determinado y característico.
Decir que me gusta el reverb es como decir que me gusta que el sonido se propague en ondas. Pero cuando alguien lo afirma sabemos que se refiere a ese timbre especial conseguido en discos como el “Psychocandy” (Blanco y Negro, 1985) de los Jesus & Mary Chain y similares. Incluso podríamos decir que toda una corriente del pop indie, asociada a las siglas C86 o a la influencia del sello discográfico Sarah Records, tiene una de sus características definitorias en el uso indiscriminado de reverb en todo lo que se le ocurriera. El problema es que, cuando una característica de un estilo de música se populariza, es usada hasta que se llega al extremo de la caricaturización. Algo parecido sucede con el lo fi, cuyo abuso es peligrosamente sonrojante.
No me malinterpreten, a mí me gusta el cabrales, lo adoro, pero en su justa medida y no a todas horas.

Ya que esta cerca la fecha del Primavera Sound  y este artista estará en el Line-up del fetival os recomiendo que a los que vayáis y os paséis a ver a AraabMuzik. Este productor estadounidense de ascendencia dominicana, mostrará sus habilidades delante de su MPC, teniendo la capacidad de reproducir patrones rápidos, ritmos de tambor, así como hacer melodías utilizando varias muestras y otros sonidos a la vez.



 






 

 





domingo, 29 de abril de 2012

En Crisis

Ya está muy manido, y probablemente muchos estemos hartos de escuchar esa frase que dice algo así como que la crisis es un momento de oportunidades, y es cierto que cada día que pasa, dejamos de creer en todas esas consignas sacadas de guías de autocomplaciencia; pero a decir verdad, no sé si cegado por un optimismo casi desconocido en mí o qué, he observado cómo en cierto modo esto se está haciendo realidad en la escena independiente, o quizá mejor dicho, underground.
Hace no tanto tiempo veía cómo promotoras nos bombardeaban con propuestas bastante pobres y a precios exagerados, porque para qué engañarnos, el ultimo hype inglés del momento, con un repertorio que difícilmente superaba los cuarenta minutos, sin teloneros y a más de veinte euros la entrada, era algo demencial. Yo aún recuerdo la amarga sensación que me producía imaginarme un taxímetro virtual encima del escenario que a cada minuto subía cincuenta céntimos; supongo que era algo mucho más entretenido que ver a un grupo que por lo general tenía una nula empatía con el público y que claramente se planteaba aquella pantomima como un viaje recaudatorio y puro trámite para que la promotora editara el disco aquí en España y luego les colocara en algún festival. Yo, concretamente un mes de septiembre, me cansé de todo eso y mandé a todos a la mierda: No volvería a pagar más de veinte euros por un concierto, salvo en ocasiones muy concretas y especiales.
Obviamente no dejé de ir a conciertos, lo que ocurrió es que dentro de la nueva franja de precios autoimpuesta me reencontré mucho más con las bandas locales, que estaban empezando o que militaban en el underground como ejercicio voluntario y artístico. Grupos que ofrecían fiestas en las que lo normal pasaba a ser que actuaran dos, tres, cuatro o hasta cinco grupos, a precios más que razonables y sintiendo que mi asistencia pasaba a ser mucho más valorada, que importaba que fuera allí y que incluso con la diferencia de lo pagado por esa fiesta y lo que me hubiera costado anteriormente un concierto, me permitía llevarme a casa sus maquetas, discos autoeditados en cd-r, splits, 7″… Desde entonces más que nunca volví al lema “support your local scene”.
Hoy el escenario es bien distinto, las vacas gordas ahora son anoréxicas y el dinero no va y viene como antes; ahora toca pensar en qué nos gastamos el dinero y ya no es tan fácil colar a cuatro mindundis imberbes procedentes de Londres, que por puro azar han logrado crear cinco o seis canciones graciosetas y que obviamente no van a ir a más. No será tan fácil colarlos en un festival y tampoco montar un concierto de ellos en la sala Camelot explicándoles además que no van a tocar por un caché fijo, sino que irán a un tanto por ciento de lo que se saque en taquilla… “Seriusly, are you kidding me? Fuck you Spanish bastard!”. A fin de cuentas en la NME salen todas las semanas como la nueva promesa británica, es normal una respuesta así. Con esto algunos promotores más listos han dejado la música “indie” de lado, se han pasado al rock, con un público más fiel y con cachés menos inflados, otros han optado por cerrar puertas. Además el público se iba cansando de que les torearan, o claro, quizá su beca, su contrato en prácticas, el paro o la paga de sus padres ya no les deje espacio para hacer el idiota acudiendo a la sala Camelot a escuchar ruido poco distinguible que sale del escenario que a su vez es tapado por columnas.

¿Y qué pasa con el vacío creado en la actualidad? ¿Vacío? ¿Qué vacío? La gente con inquietudes musicales está reencontrándose con su propia escena underground, descubriendo cómo son capaces de obtener más por menos, sintiéndose mucho más participativos y con la capacidad de aportar cosas nuevas mediante la creación de grupos o pequeños sellos discográficos; o blogs, o produciendo vídeos, o aportando diseños, u organizando conciertos; generando muchísima más actividad de la que se podía tan sólo soñar hace diez años. Tanta actividad a su vez está produciendo el efecto llamada, los medios digitales están provocando que a su vez los mayoritarios presten atención a grupos pequeños y, claro está, que cada día más y más gente vaya a los conciertos.
La falta de medios generalizada parece que se está aliando con aquellas propuestas más modestas pero que se hacen desde el corazón. Hoy por hoy, es más fácil lograr llenos en los conciertos underground que se están celebrando en el circuito de salas de Alicante, ya sea Camelot, Stereo, Subway, The One, y tengo claro que en un corto periodo de tiempo aún veremos crecer más el circuito y la integración de bandas a nivel estatal. Los sellos están agotando las ediciones en vinilo producidas para sus LP y singles, dejándonos auténticas joyas editadas que pasaran a ilustrar una época, de reliquias editadas en cd-r o cassette desafiando al paso del tiempo y el olvido.
Esta es una etapa dulce que se debe aprovechar pero con la que no nos debemos dejar cegar, ya que como todo en la vida, tiene su trampa: Lo que hoy es una oportunidad, mañana puede ser otra vez la tumba de toda una escena si cuando se vuelvan a tener medios no se evita repetir los errores que se cometieron hace casi ya veinte años con lo lo más parecido a lo que fue una escena alternativa.



Este vez os quiero recomendar a un grupo joven barcelonés llamado CUT YOUR HAIR, este lunes sacan a la venta su primer Ep, estan empezando a circular gracias a la velocidad que tienen sus teclados y guitarras, sus ritmos suaves y pegadizos que van a convertir sus canciones en hits veraniegos. Utah in Pictures, I Wish I Was Stoned y I Just Need Another Friend’ son los temas del primer trabajo.




En los últimos meses, CUT YOUR HAIR ha actuado en Madrid junto a The Rapture, en el Primavera Sound, en Apolo de Barcelona, en el Fever de Bilbao y muy pronto lo hará en varios festivales españoles (Embassa’t, Poromponpero, Arenal Sound…). Además, el pasado 20 de abril, el grupo estuvo en la sala Joy Eslava de Madrid junto a We Are Standard en un concierto apoteósico.