jueves, 28 de junio de 2012

Una Muerte Anunciada

Más allá de géneros, escenas o bares, hay que reconocer que el rock, el pop y, en general, la música popular ajena a las radiofórmulas, es algo cada vez más reducido y elitista. No es nada nuevo, era una muerte anunciada.

¿Qué porcentaje del público de los conciertos es menor de treinta años? Vale, llamar viejos a la gente de treinta años está mal, pero lo sois. A los chavales no les importa una mierda lo que hacéis; puede que les guste la música, pero en vuestros conciertos no hay ni una tía de su edad y la paga no les da para pedirse una copa. Puede que esto suene reaccionario, pero lo cierto es que –al menos en Alicante que es del lugar del que puedo hablar– no ha habido el más mínimo recambio generacional. Lo más triste de todo es que la culpa de la situación no la tiene la música, ni los bares, ni siquiera los precios prohibitivos de las copas, la culpa es de la legislación que prohibió el consumo de alcohol a los menores de edad.
Cuando se fueron extendiendo por España las normativas que elevaban la edad mínima para el consumo de alcohol de dieciséis a dieciocho años –Asturias es la única Comunidad en la que todavía está permitido beber cerveza y vino -y sidra, claro- a partir de los dieciséis– los chavales empezaron a entrar más tarde en el circuito de bares y conciertos, los únicos lugares donde realmente se puede aprender música. Vale, en Internet se puede aprender de todo, cierto, pero si nadie te dice qué oír o qué buscar acabas escuchando cualquier cosa que te vendan y ni siquiera podrás contextualizarlo. En cualquier caso, el problema va más allá, y afecta principalmente a la música en vivo. Como los chavales no pueden ir a conciertos ni entrar en bares hasta que no tienen dieciocho años, se dedican a ponerse hasta las patas de whisky y vodka del LIDL –ahora también beben ginebra, que está de moda– en el parque de enfrente de cualquier discoteca infecta en la que pueden entrar con dieciséis años. Resultado: cuando son mayores de edad, y pueden ir a conciertos o bares, ya no les importa un carajo, porque no tienen ningún interés en lo que allí va a ocurrir y, además, no hay nadie de su edad con quien ligar.

Las normativas que prohiben el consumo de alcohol hasta los dieciocho no sólo han jodido al rock, también han creado un problema de salud pública. Desde que aparecieron, el consumo de alcohol en adolescentes no ha parado de subir y, además, son mucho más comunes los atracones. Los chavales antes empezaban a beber con la cerveza y el calimocho, que era lo que podían agarrar legalmente, y para lo único que les alcanzaba la paga. Además, podían entrar en bares, donde se ejercía algún tipo de control social. Ahora les da un coma etílico en el parque y santas pascuas. Está feo que yo diga esto, que he sido un fervoroso discípulo del botellón, pero los chavales no sólo tienen muy mal gusto musical, además no saben beber.

¿Hay alguna solución? No lo sé. Al menos en Alicante, el barrio del rock por excelencia, El Barrio, está muriendo a marchas forzadas. Los chavales con dieciocho años que tienen un mínimo interés por la música van a discotecas supuestamente indies, pero no se les ve el pelo en ningún concierto. Sí, hay conciertos para niños, pero los más pequeños no se enteran de nada. Lo importante es evangelizar a los adolescentes y eso es cada vez más difícil. O hacemos algo pronto o los conciertos de rock, pop, y todo lo que nos gusta, acabarán siendo como los conciertos de jazz, que tienen el mismo público con camisa y americana que hace cuarenta años.


  
La recomendación para este mes tan caluroso es la banda DIIV, banda anteriormente conocida como Dive. El debut de DIIV (Proyecto paralelo Beach Fossils) titulado Oshin se publicó el pasado junio, no están lejos de las coordenadas del pop que suele facturar habitualmente, pero se distinguen por añadir un componente de disonancia extraño, un tanto shoegazer, situándose a medio camino entre The Drums y Ariel Pink’s Haunted Graffiti.








domingo, 17 de junio de 2012

BlooM

Tengo una edad. Y lo digo sin autolamentarme. Nunca he entendido bien los que mienten sobre su edad. Si aparentas menos de los que marca tu DNI, decir tus verdaderos años sólo te conllevará halagos y miradas de admiración y/o envidia. Y si aparentas los que tienes, pues mejor decirlo que si no vas a quedar fatal… Tengo una edad, como ya digo, y los festivales, así en general, me estresan. Me provoca un cansancio infinito el simple hecho de ver esas listas eternas de bandas dispuestas a tocar en tres días. Superpuestas y apiñadas. Me causa un estrés insoportable tener que decidir constantemente entre una y otra cosa. Me cortocircuita asimilar más de un par de conciertos realmente intensos seguidos. Y todo esto, de acuerdo, tiene poco que ver con la edad. Mi limitada capacidad de elección y mis ritmos lentos (de digestión y de movimientos) han sido así desde casi siempre. Debo confesar que he ido a pocos festivales por gusto. Nunca he ido, por ejemplo, al FIB, igual que no he visto “Pretty Woman”, “Titanic” o “Forrest Gump”. Nunca fue una opción consciente, es más bien de esas cosas que no te pasan. Pero, amiguitos, hace un par de meses, descubrí un festival hecho a mi medida. El Electrónica en Abril de la Casa Encendida. Por unos cuantos motivos que me apresto a enumerar:

1. Proximidad al hogar: de acuerdo, es una razón bien circunstancial y absolutamente personal, pero es una cosa de mucho gusto subir un momento a casa porque tienes frío y necesitas una chaqueta.

2. Horarios de inicio y de final europeos: la cosa empieza a las ocho y acaba a eso de las once y pico. Y los horarios, oh sí, se cumplen a rajatabla. Nada de pausas eternas e infinitas en las que lo único que puedes hacer es amarrarte a la barra.

3. Número manejable de conciertos diarios: tres es una cifra ampliamente satisfactoria para un festival. Y añadiría más -aunque esto no sea mérito exclusivo de este festival-, conciertos de una duración perfecta: una hora escasa.

4. Nada de superposiciones: los conciertos se suceden uno tras otro, sin tener ni que correr de un escenario a otro, ni que ponerse en la espinosa e incómoda disyuntiva de tener que decidir entre el grupo que marcó tu adolescencia o aquel otro que quizá marcará tu senectud.

5. Mundo butaca: sí, queridos lectores, algunos de los conciertos eran SENTADOS, en un auditorio fetén, confortablemente ‘aculado’. Y no es cuestión de vagancia, es más bien que hay determinadas músicas que hay que escuchar sentadico. Por aquello de dejarse penetrar. Cuando uno está de pie, hay una parte de cerebro que está ocupada en mantener la verticalidad. Y esa parte del cerebro no se deja llevar plenamente por las sensaciones auditivas y/o visuales. Es como ver una película. El cuerpo en reposo permite que la cabeza se active y se abra a lo que le venga.

Motivos suficientes me parecen todos estos para que este festival se haya convertido en probablemente casi el único que, a partir de ahora, frecuente anualmente. Por no hablar de esa sensación gozosa de descubrimiento que tiene eventos ‘experimentales’ de este tipo. Lo de Roly Porter, Hype Williams y THEESatisfaction fue cosa fina…


Despues de su paso por España y siendo uno de los destacados en el Primavera Sound me gustaria recomendaros el cuarto disco de Beach House, “Bloom”, prorrogó los sonidos del álbum que les concedió popularidad internacional, el notable "Teen Dream", en un conjunto de neopsicodelia dream pop expuesto en tono nostálgico, calmo, íntimo.


En su cuarto disco aciertan en algunas melodías, como “Myth”, “Lazuli”, “Other People” o “Wild”, preciosistas momentos de electropop ensoñador con sutiles arreglos, pero reiteran demasiado sus texturas psicopop y sus motivos melosos de agridulce reflexión y evocación amorosa con piezas que terminan empalagando, incluso aburriendo, a pesar de no perder enfoque atmosférico.